Por Pedro Dominguez Brito
Comer en Navidad a veces es complicado, pues nuestra cotidianidad culinaria se transforma como nunca antes en el año. Pocos ceden a la tentación de una buena “jartura”, aunque deban romper promesas y expresar las más absurdas excusas para justificar esos desarreglos en sus panzas. Pasan por alto que la gula es uno de los siete pecados capitales.
Empecemos por el 24 de diciembre, donde generalmente se cena tarde; sea porque hay que aprovechar ese momento en familia para repasar lo ocurrido y planificar; sea porque hay que esperar a alguien que arrancó temprano la parranda y no aparece ni en fotos; sea porque la abuela se lamenta, como lo hace desde hace décadas, de que será su última Nochebuena.