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miércoles, 12 de diciembre de 2018

PolyPlas

Por Chiqui Vicioso

Como todo en este país, rico en chismografía, los rumores sobre la tragedia de la fábrica de gas abundan. Los vecinos de Villas Agrícolas insisten en que se hace un esfuerzo por ocultar el número de víctimas; los dueños defienden su apego a los protocolos de seguridad; otros argumentan que aún no se computan los niños que murieron en la explosión, etcétera.

De todo lo que se cuenta, lo que más me disturba es la afirmación de los trabajadores de que los guardias de seguridad, o guachimanes, no los dejaron salir de la fábrica cuando comenzó a heder el gas, lo cual duro aproximadamente una media hora. Y esa para mi es la noticia.


¿Por qué es la noticia?

Porque refleja, de ser cierta, una práctica laboral medieval. Es decir, ¿desde cuándo una empresa necesita guachimanes para impedir que sus trabajadores salgan de la empresa? ¿O es que trabajar en algún lugar implica renunciar a los derechos humanos del trabajador, a su libre albedrío?

Esta noticia se suma a otras que tengo sobre algunas prácticas laborales que horrorizan, como es la de poner música popular (salsa, bachata) a altísimos decibeles para que los y las trabajadoras no puedan conversar, exacerbando la contaminación ambiental que ya traen los infelices a sus centros de trabajo. Otra cosa sería introducir a los y las trabajadores a la música barroca, la cual eleva el espíritu y nos llena de profunda paz y alegría, algo simple.

Me inclino a creer la noticia sobre los guachimanes, porque aquí las autoridades no se entrenan para asistir al ciudadano; la policía no se humaniza para que vea en los infelices (iguales que ellos) a seres humanos en búsqueda de la sobrevivencia. Cuando leo que una unidad de la policía detiene a un coquero, le destruye su carrito, lo golpea y se lo lleva preso, o que han asesinado a dos trabajadores en un barrio popular, me doy cuenta de que lo que campea en estos predios es una deshumanización bestial. El hombre se bestializa, y los entrenamientos que reciben esos agentes, sean de la policía o de una compañía de guachimanes, no trabajan con esa deshumanización.

Muy lejos están los días cuando los tabaqueros del sur de la Florida tenían lectores, entre ellos el maravilloso José Martí, y la líder sindical boricua Luisa Capetillo, que le leían novelas cortas y cuentos, muchas veces poesía, a los trabajadores.

Y muy lejos están los días cuando las centrales obreras, o sindicatos, entendían que su trabajo era no solo la reivindicación, sino la seguridad y felicidad de los trabajadores. Aquí, han brillado por su ausencia, siquiera para asesorarles legalmente sobre indemnizaciones, o decirles: Lo siento.

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