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domingo, 18 de febrero de 2018

Grito de una madre puertorriqueña

Sandra Rodríguez Cotto. Foto: Noticel.
Hoy me levanté con las ganas de gritar. Esto es el grito de una madre soltera que se levanta todos los días a luchar y a salir adelante, como hacen miles de mujeres en cada rincón de este país.

Pensé bien en lo que somos las mujeres puertorriqueñas, pero no nos cuentan. Somos las que sacamos la cara por nuestros hijos. Las que cuidamos a los viejos y a los enfermos, a los encamados. A las que nos golpean con la realidad de más trabajo por menos salario. Abusadas, pero creamos, y sobre nuestros hombros se levanta todo un pueblo. Pero no existimos para los que determinan qué es lo importante, que es noticia o de qué se va a hablar en la opinión pública. En eso llevo más de una semana pensando.

El lunes en la noche, después de un largo día de trabajo que culminó en una intensa reunión con un grupo comunitario con el que colaboro como voluntaria, llegue a casa con mi hija. Al rato, como a las 11, escucho a mi nena que empezó a convulsar sin parar hasta el otro día. Le di sus medicinas y me amanecí velándola, pero no quise ir al hospital porque arrancar de noche y muerta del cansancio al Centro Médico no era. Con tanto asalto que hay, eso es peligroso. Así que me quedé, y manejé la situación como siempre. Al otro día, y durante toda la semana, he estado con ella de médico en médico o visitando especialistas. En medio de las salas de espera en tantas oficinas que visitamos, trabajaba en mi computadora cuando a la intermitente señal de Internet le daba por aparecer. Cuando lo hacía, me ponía a escuchar, ver y a leer las noticias. Entonces pensé: ¡Qué dura es la vida de las madres solteras en este país! ¿Cuántas personas estarán pasando por esto como yo y por qué nadie lo dice? ¿Quién cuenta eso?

Hasta el 71% de los niños en Puerto Rico vivirían bajo pobreza a un año del huracán María. Foto: Archivo de Cubadebate

¿Sería yo sola?, pensé. Entonces me detuve a observar a los demás en mi entorno. Veía a madres atendiendo a sus enfermos, hijos o viejos. Veía médicos y a enfermeras con negras ojeras del agotamiento, hablándole a mujeres con caras aún más cansadas. Niños llorando, otros convaleciendo en camillas o en butacas, esperando su turno. Madres preocupadas con gente enferma o dolida. Gente en necesidad. Las escuchaba hablar de lo mismo: que si la cosa está mala, que el país es inseguro por la criminalidad, que no hay luz, que la crisis económica no para. Y pensé: ¿dónde están esas historias de las mujeres que levantamos este pueblo ante los demás? No están, y piensan que por eso no existen.

En discusión pública abruma la politiquería hueca y sinrazón. Que si la Primera Dama mandó una vela a los alcaldes sin electricidad y si el alcalde de Yabucoa se quejó, era por politiquero. Que si tiraron al medio al expresidente de la Comisión Estatal de Elecciones con sus mensajes antiéticos en WhatsApp con la que hasta ese momento se proyectaba como la pulcra subsecretaria de la Gobernación, Itza García. Que si Rivera Schatz entró en un “royal rumble” de lucha libre con el Gobernador, o que si el gobierno trae el dudoso negocio con fondos públicos de las criptomonedas y bitcoins, pero ahora lo disfrazan con el discurso de “tecnología blockchain” y usan a Rosselló como portavoz para darle validez.

Todo eso se entremezclaba con la realidad irrebatible de que el pueblo va por otro lado. A las madres y maestras lo que les preocupa es la epidemia de Influenza que no quieren admitir. A las dueñas de pequeños negocios les asfixia estar haciendo de tripas corazones para poder mantenerse operando sin luz. A todos nos aterran las espantosas imágenes de un carjacking a una familia en medio de una gasolinera, o la noticia de secuestros a plena luz del día en los quioscos de Luquillo. Es un total desfase.

La realidad que vivimos los individuos de a pie, especialmente las mujeres, no aparece en la narrativa pública ni en bocas de los políticos. En la opinión pública campean los macharranes que de lo único que hablan es de estatus todo el día pero la gente está en otra dimensión.

Al país lo mueve la gente. Las mujeres valientes en sus comunidades, que fueron las que se tiraron desde el primer día a trabajar después del huracán.

La gente piensa en que sin salir de la deuda, llegó el huracán y todavía no nos recuperamos. Que las ayudas no llegaban porque las repartían entre panas o las dejaban para que las ratas la comieran. Que la gente sigue muriendo o enfermándose y no los cuentan. Que los bolsillos sin luz parecen Gremlins que se reproducen por todo el país. Entonces anuncian la privatización de la Autoridad de Energía Eléctrica, y sin recuperarnos, nos dicen que vienen las escuelas charter.

Y ahí fue que me llegó mi “aha moment” como diría Oprah Winfrey. Pensé: como madre soltera de una nena con condiciones especiales que me sufro y vivo en carne propia la crisis del país, que me las veo negras para ganarme la vida decentemente, y que me frustra el sistema tan roto, ¿qué hago para enfrentar este caos? ¿Me callo? Esa no es una opción. ¿Lloro de la frustración? Admito que muchas veces lo hago. ¿Me monto en un avión y me voy al carajo? Been there, done that. No me interesa. No me quiero ir de aquí. No voy a tirar piedras ni a romper cristales en la Milla de Oro porque eso no está bien ni resuelve nada. Tampoco voy a darle una bofetada a los patanes del gobierno, aunque esté muchas veces esté tentada a hacerlo, porque no vale la pena darle más poder del que tienen prestado.

Paso mucho por esos procesos de involución ideológica para determinar el ¿qué hacer?, pero no me quedo en eso. Me muevo porque si me quedo inmóvil me pasa como a la oposición política, que no se mueve. Entonces, ¿qué se hace? En mi caso, recurro a lo que hago cuando veo a mi hija con su condición. Respiro, me reorganizo, me recompongo, busco energías, y sigo en la lucha.

¿Qué cómo lucho? Como puedo, combato la inequidad. Ayudo a las comunidades que es donde de verdad se levanta el país. Por eso denuncio. Escribo, para que por algún lado salga eso de lo que no quieren hablar. Lo que ocultan. Y hablo, aunque me ataquen e intenten difamarme como hacen sin éxito en las redes sociales esos fotuteros pagados con fondos públicos. No hay de otra. No me callo. Esa es mi estrategia de lucha. Lucho desde mi trinchera.

Por eso no les compro las narrativas que imponen los que quieren embobarnos. Y sí, me alegro de que Puerto Rico ganó la Serie del Caribe del béisbol, pero me rehúso a darle demasiada atención al divorcio de Karla Monroig y Tommy Torres, o a que le quitaron la franquicia del Miss Universe a Desiree. Nada de eso importa ni mueve la economía. Nada de eso mejora la vida en este país.

Al país lo mueve la gente. Las mujeres valientes en sus comunidades, que fueron las que se tiraron desde el primer día a trabajar después del huracán. Ese entramado social que está trabajando desde siempre y que fueron los primeros en llevar ayudas y siguen haciéndolo después que se acabó el show del COE y de FEMA, y que no han visto un chavo de Unidos por Puerto Rico. Las mujeres en la base son el verdadero Puerto Rico que se levanta. Son las que me dan esperanzas para bregar y no callar. Para seguir gritando.

*La autora es relacionista profesional y mantiene el blog En Blanco y Negro con Sandra.

Fuente, Cuba Debate

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