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martes, 14 de agosto de 2018

NIÑOS

Disfrutando de la niñez, ya que sus derechos le son respetados. Foto José Manuel Castillo, La Habana, Cuba.
Por Miguel Cruz Suárez

Cuando eres niño eres rey, bueno la frase vale para lugares como Cuba, donde usted no escucha hablar de niños muertos al nacer, desaparecidos, secuestrados o desamparados, porque óigame hay que decir que aquí, en esta islita del Tercer Mundo, bloqueada y hostigada, ser un chamaco es tremendo vacilón.

Desde que andas en tu amniótico saquito no te dan tregua, ya no sabes ni cómo vas a chuparte el dedo allá adentro sin que te agarre un ultrasonido desde cualquier ángulo o vengan a cada rato los doctores(as) a husmear en esas profundidades maternas en busca de algo que te resulte indeseado.
La cuestión es que naces y eres un acontecimiento, nada de comadronas ni de improvisaciones de última hora, es un espectáculo bien ensayado y usted es la estrella del momento, tiene la suerte de llegar a un lugar donde en verdad nada es más importante, incluso cuando la cosa se puso de apagón y bola de yuca, aun en esos tiempos convulsos y definitorios, los infantes no pasaron a un segundo plano.
Después viene la etapa neonatal y no te puedes escapar de 11 vacunas que te protegen de trece enfermedades, da lo mismo si vives en Remanganagua de la Pulga, que en Plaza de la Revolución; es indiferente que seas el hijo de Gervasio el Mecánico o de Julián el Arquitecto; nadie te pregunta si crees en la Revolución o si difieres de ella y mucho menos se andan fijando en qué color de piel has traído al mundo.
Y si por desgracia el azar te ha jugado una mala pasada y algo está fallando en tu salud, eres testigo de un esfuerzo enorme, tu pequeña vida se convierte en reto, en meta, en razón de ser y nadie pregunta si es caro el asunto o si está en Australia la posible cura, el mundo se mueve sobre tu cabeza y no habrá descanso, nadie se amilana, aunque los del Norte tengan tu remedio, pero te lo niegan por cosas políticas y porque entre ellos no se entiende fácil eso de gastar millones por un simple niño, de una simple madre.
Y creces y vives y tienes carencias como todo el mundo, pero no de escuelas, ni de las consultas con buenos pediatras, ni de la escuelita, ni de tantas cosas que faltan a otros y te ríes sin dientes en tu primera aula, sin saber que existen oficios extraños para gente chica, que a ti no te tocan porque eres cubano, por eso tu nunca limpiaras el vidrio de los automóviles en las avenidas, ni andarás vendiendo cualquier mercancía con los pies desnudos, ni tendrás por cama el banco de un parque, ni te cazarán como simple presa para usar tus corneas en ojos de gente que tiene el dinero.
Puede que no tengas todos los juguetes, ni todos los dulces, ni tantas otras cosas que ves en la tele, pero estás a salvo, estás en buenas manos, vas a ser adulto y tal vez un día cruces las fronteras; pero estate atento, porque aunque lo nieguen o aunque no lo digan, conocerás a miles que ojalá pudieran ser niños en Cuba.

El autor es cubano, colaborador de los periódicos Granma y Juventud Rebelde.

La Bicicleta 

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