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martes, 10 de mayo de 2016

Dejaré mi virginidad

Votaré con rabia y decisión como merece un voto virginal pero cargado de motivos adultos. Mi voto vale más que el del millón y medio de los bonos sociales, que el de los acatados por la subordinación de un cargo o que el de los que esperan un decreto de nombramiento o una contrata.
El mercado electoral cierra sus puertas el próximo lunes. Sus ruinosas tiendas recogerán el inventario no vendido; los pregoneros regresarán extenuados a la rutina. La feria de ilusiones promete volver en el 2020 para ofrecer en nuevos envases las mismas bagatelas.

José Luis Taveras
Fuente, Acento.com.do

El ruido, la mugre y el tráfico de esperanzas han agitado la vida de mucha gente, tanto como los pesitos manoseados por otra más menesterosa que ha aportado a esta farsa su mejor talento: agitar banderas, mover culos, repartir ron y comprar votos. A eso le llaman ¨fiesta de la democracia¨, un añejo guion porno con pobres adaptaciones. Lo nuevo es el derroche del gobierno, un concepto que en la reelección perdió techo semántico para arropar el festín más impúdico de la historia.

Muchos irán a votar el domingo. Lo harán por distintos motivos: por gratitud, por obligación, por tradición, por dinero, por rabia. Yo lo haré por primera vez; antes he preferido abstenerme que hacerlo indignamente. Mi virginidad cívica vale oro y más que el dinero malgastado en todas las elecciones. No hay discurso que lo haya seducido ni candidato que lo haya cautivado.

Mi celibato ciudadano llegó a su fin. Saldré a votar y lo haré armado de la razón más poderosa: no legitimar con mi omisión la gran estafa populista. Votaré en contra de los gobiernos que han usado a los pobres como escudo de defensa para, con su victimización, crear una casta de nuevos ricos; en contra de los funcionarios que llegaron en poliéster y saldrán en lino, de sus nuevos hábitos de consumo, de sus cuentas en paraísos fiscales, de sus amantes y de sus oscuros negocios; votaré en contra de la mediocridad adinerada, de las comisiones concertadas, de las licitaciones teatrales, de las sobrevaluaciones, de la corrupción sin castigo y del uso abusivo del poder. Lo echaré con ímpetu para ahogar en la urna mi descontento.

Mi himen cívico no lo desfloraré así tan graciosamente para declamar cursilerías poéticas como el cansado estribillo de que ¨votar es un deber¨. Votaré con las ganas del bajo vientre para callar la demagogia de la palabra sin alma ni compromiso. Votaré con rabia y decisión como merece un voto virginal pero cargado de motivos adultos. Mi voto vale más que el del millón y medio de los bonos sociales, que el de los acatados por la subordinación de un cargo o que el de los que esperan un decreto de nombramiento o una contrata. Mi voto no es un negocio, es conciencia.

Votaré con las fuerzas de mi vuelo sin reparar en los vientos de las encuestas ni en los augurios de la arrogancia. Lo haré a pesar de las manipulaciones, el dinero y las imposiciones. No me amilanará la negligencia de la junta, ni las debilidades de un sistema de escrutinio no auditado en todos sus alcances, ni la inconsistencia legal entre un reglamento procedimental votado a la carrera y la ley electoral. Lo haré por mi hijo, por mi futuro, por mi país. Y es que en el momento que vivimos, bajo la sombra de esta desgracia, votar dejó ser elección para hacerse necesidad.

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